miércoles, 14 de noviembre de 2012

"Save me"



No me gustaba la persona en la que me había convertido. Podía sentir cómo mi camino se había bifurcado, el destino se había teñido de negro, mis pensamientos habían cambiado de alegres a ser una continúa desazón.

Mirarme al espejo todos los días era demasiado descorazonador. En el reflejo veía todo lo que no quería ser, en lo que me estaba convirtiendo, lo que me estaba alejando de ti... Minuto a  minuto, hora a hora, día tras día. Pensé que te irías, cogerías las maletas y te marcharías antes de que te alcanzara a ti también.

Mis ojos ya no se mostraban alegres, mi sonrisa había desaparecido, los celos habían acudido a mí instalándose en mi corazón hasta ahogarlo completamente. ¿Cómo me había pasado ésto? ¿Cuándo lo había permitido? ¿Había sido solo culpa mía o quizá de los dos? Mi parte más malévola quería echarte la culpa, exculparme a mí de cualquier responsabilidad, pero ambos sabíamos que no era así. Mi parte cabal sabía que yo solita me había buscado aquellas sensaciones.

¿Cómo salir de este laberinto lleno de espejos? ¿Cómo encontrarme a mí misma de nuevo? No sabía dónde ir, por donde salir, cómo encontrar la puerta que me diera la libertad. Perdida en mis sentimientos, en mis celos, mis sufrimientos, mi malestar al no imaginarte junto a mí. Sensaciones que jamás debería experimentar una persona enamorada.

Correr no servía de nada porque todos los caminos me llevaban a aquel claro oscuro donde el espejo me esperaba para mirarme en él. Reflejos que me hablaban, voces que me aconsejaban, malos consejos que siempre aceptaba y con lo que me equivocaba. Con cada uno de ellos conseguía alejarte un poquito más de mí y aunque yo seguía amándote era muy posible que tú ya no lo sintieras por mí.

Sentarme en el frío suelo fue la mejor opción que encontré para dejar claro mi abatimiento. ¿Qué más daba que me engullera la oscuridad? Ya era parte de ella. Si no salía de aquel ciclo infinito sería mi mala suerte.

Y cuando casi había perdido toda esperanza, sentí el toque de una mano en mi hombro, me volví para contemplar tu rostro iluminado por las pequeñas luciérnagas que se arremolinaban a nuestro alrededor. Me miraste que aquellos preciosos ojos que yo había extrañado en este cautiverio impuesto.

Sentir el contacto de tu piel, la firme seguridad de tus manos, la sonrisa que escapaba de tus labios y que evidenciaba que habías ido hasta allí por mí. Nuestras miradas se cruzaron y sentí la chispa de la pasión vibrando en mi interior. Fue como un pequeño fuego que se enciende, esa brasa que prende y se esparce por cada terminación de mi cuerpo.

Te levantaste teniéndome la mano para que yo hiciera lo mismo. La esperanza resurgió en mi corazón al entender que no querías dejarme allí, intuyendo que nunca me dejarías atrás, que siempre estarías allí para salvarme. Aceptar tu mano iluminó mi corazón dejando que la oscuridad que habitaba en él se replegara ante tal sentimiento.

Con tu mano entrelazada en la mía podía sentir la fuerza correr en mi cuerpo. En aquellos momentos, sentía que podía hacer cualquier cosa porque tú estabas allí, apoyándome, no dejándome caer, demostrándome el amor que siempre me habías profesado. Tú sabías muy bien el camino, recorríamos los laberintos a gran velocidad mientras el cielo se iba iluminando dejando que la luz acabara con la negrura del ambiente.

Cuando abrí los ojos me encontré frente al temido espejo. Y sin embargo, mi reflejo era completamente distinto a lo que había encontrado antes. Una sonrisa se dibujó en mi rostro mientras admiraba mis facciones, el color de mis ojos, la vitalidad en mi mirada. Había vuelto, regresado de un mundo cargado de tinieblas, un lugar al que jamás volvería a viajar. Me volví despacio, dubitativa, temerosa de no encontrarte. Pero ahí estabas tú, esperándome con los brazos abiertos, dispuesto a cualquier cosa por nosotros.

Me abalancé sobre ti mientras sentía cómo tus brazos se cerraban alrededor de mi cuerpo apretándome con cariño y amor. Si tú habías sido capaz de luchar por nosotros, yo también lo sería para no perderme, para luchar por los dos hasta que ambos pudiéramos decir en voz alta ese “felices para siempre”.

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