domingo, 27 de octubre de 2013

"Recuerdos que matan"



Como muchos sabréis el jueves será Halloween, ya os aviso que una servidora no dejará entrada, ya que es un día que aprovecha para dejar todo de lado y disfrutar con todo el misterioso mundo de los muertos. Así que pensando esta tarde de qué podría hablaros, me he decidido a escribir un texto más bien corto, algo que tenga que ver con esta fecha tan señalada. Así que sin más dilación aquí os dejo lo que ha salido de esta cabecita loca.

Anabel abrió los ojos de golpe sumiéndose en una negrura que le recordaba la sensación de tener los ojos completamente vendados. Justo como aquella vez. Pero no volvía a estar en ese lugar, no era la misma chica inocente, ellos no estaban allí. Extendió la mano buscando el cuerpo caliente de su marido, el único que conseguía reconfortarla junto con su hijo, pero solo encontró frialdad al otro lado de la cama.
Kevin debía de haberse levantado, quizá se había desvelado y bajado a tomar un vaso de zumo como solía hacer cada noche. Las mantas la arropaban completamente, pero ella sentía un frío interior que rivalizaba con aquel calor acogedor y que le hizo arrebujarse más contra las calientes mantas. La mente de Anabel voló hacia el último sueño que había tenido, ése que hacía años que no tenía, ése que se había desvanecido cuando su hijo John había entrado en su vida.



Su vida había cambiado enormemente desde que fue rescatada o más bien desde que ella escapó de aquella situación insostenible. Cada día, daba gracias por haber encontrado a Kevin, por haber sido capaz de seguir con su vida a pesar de las heridas que la experiencia había causado en su cuerpo y también en su alma. Inquieta al recordar todo lo que había pasado, Anabel se levantó de la cama sintiendo el frío en sus huesos y apoyando los pies descalzos en la madera helada.
Encendió la luz de su mesilla dispuesta a aventurarse por el pasillo y mientras apretaba el botón pensó en lo estúpido de la situación. Qué tontería que una mujer como ella tuviera miedo a la oscuridad, que necesitara encender cada luz que hubiera a su paso y solo para ir a ver a su pequeño. Quizá fue su orgullo herido el que hizo que solo la luz de la mesilla fuera encendida y salió al pasillo viendo la negrura que se extendía ante ella. Después de tantos años tendría que aprender a sobrellevarlo, no podía continuar temiendo a la oscuridad, no después de lo que había hecho para escapar de sus torturadores.
Sus pasos sonaban amortiguados, apoyó la mano en la barandilla de las escaleras y aguzó el oído para intentar escuchar el movimiento de su marido. Nada. Quizá se hubiera sentado en el sofá, viendo la teletienda o cualquier partido de baloncesto repetido. Así era Kevin, americano de pura cepa y orgulloso de su equipo de baloncesto. Anabel sonrió y caminó hasta la habitación del pequeño John que abrió con muchísimo cuidado.
El cuarto estaba levemente iluminado con uno de esos pequeño aparatos que reflejan figuras en las paredes. Anabel entró mientras miraba la cuna, deteniéndose en el cuerpecito de su hijo y sonriendo al saber que todo estaba perfectamente. Solo un leve ruido la sacó de su estado de felicidad, haciendo que girara la cabeza y que su vista captara un movimiento tan rápido que incluso le pareció borroso.

A pesar de que su cerebro le pedía calma, Anabel no fue capaz de controlarse y corrió hacia la cuna mientras miraba hacia todos lados. ¿Qué era aquello que se había movido? Su parte más racional la instaba a pensar que solo era la sobra proyectada por el árbol, pero la mujer que había sido prisionera le susurraba que eran ellos, aunque supiera en su fuero interno que estaban muertos. Cogió al bebé en brazos despertándole y consiguiendo que John se pusiera a gritar por su sueño interrumpido.
La mujer salió de la habitación todo lo rápido que pudo, sin mirar atrás e intentando pensar que todo era una locura. Bajó las escaleras con una rapidez inhumana, casi saltando los escalones y siempre manteniendo al pequeño pegado a su pecho. Aquella casa que le había parecido tan pequeña ahora se le antojaba tremendamente grande. El pánico comenzaba a hacer mella en ella, llenándola de ansiedad con cada estancia que recorría y donde no encontraba a Kevin. Olvidándose de cualquier tipo de precaución gritó:

—¡Kevin! ¡Kevin, cariño! ¿Dónde estás? - su voz sonaba agitada y su respiración era irregular mientras corría.

El llanto del pequeño John llenaba el ambiente de una sensación agobiante, no dejando que ella se concentrara y consiguiendo que su imaginación volara hacia una posibilidad que no quería afrontar. La cocina estaba vacía, el salón, las habitaciones y solo quedaba el garaje. Mientras sujetaba a su bebé, abrió la puerta y se aventuró al interior del mismo. Las luces se encendieron en cuanto ella pulsó el interruptor.
La escena que se presentaba ante ella la dejó sin aliento, se tapó la boca con la mano, pero era incapaz de ahogar el chillido que pugnaba por escapar de sus labios. Se mordió la mano con fuerza mientras la otra sujetaba a su hijo impidiendo que cayera. Sus ojos se fijaron en el alto hombre que estaba colgado de las puertas correderas del garaje, su torso estaba cubiero de sangre, abierto en canal y con las tripas fuera.
Anabel dio dos pasos hacia el cadáver de su marido, fijándose en sus ojos vacíos y toda la sangre que se arremolinaba a su alrededor. La sangre aún corría rauda por su cuerpo salpicando el suelo, extendiendo aquella mancha de muerte y dejando su piel completamente blanca. Ella conocía aquellas heridas, había visto esos cortes antes e incluso los había infligido en otras dos personas. Quizá no con sus manos, pero sí con el poder de su mente y Anabel se horrorizó al contemplarlo en Kevin.
Su marido había muerto por su culpa, por lo que ella había hecho años atrás, por la única manera que había conseguido para escapar. Su mente procesaba toda la información con rapidez, sabiendo que tendría que salir de allí con rapidez, antes de que aquellos fantasmas volvieran a por ella y su hijo. ¿Quién sino ellos? Recordó los rostro de sus dos secuestradores mientras daba marcha atrás, saliendo del garaje y abandonando el cuerpo de su marido a la putrefacción.
Las lágrimas aún rodaban por su rostro mientras las de su hijo se fundían con las de ella. El niño podía sentir el nerviosismo de su madre, sabiendo que algo andaba muy mal y rompiendo en llanto. Anabel intentó acallarle susurrándole algunas palabras tranquilizadoras, pero todo fue en vano y los enérgicos pulmones de su hijo explotaron en cuando salieron a la calle. Ni un alma en kilómetros a la redonda.

Anabel se giró para entrar otra vez en la casa, pero se paró en seco al ver a los dos hombres que la había secuestrado años atrás, solo que con una apariencia completamente distinta. Los dos morenos, los dos altos, corpulentos y hermanos. Su piel era pálida, sus ropas estaban raídas, sus dedos aparecían cubiertos de sangre y las profundas heridas infligidas años atrás eran completamente visibles. El cuello como si un cuchillo hubiera rajado su piel, el estómago apuñalado múltiples veces y  sus rodillas ligeramente dobladas como si les hubieran intentado romper las articulaciones.
Pero fue la mirada lasciva de ambos, aquellos ojos profundos y negros los que pusieron la piel de gallina a Anabel. Por un instante, se sintió nuevamente como la chica de veinte años que había sido raptada, a su mente acudían los recuerdos de las palizas, los golpes, los cortes en los brazos y muchas otras cosas que no quería recordar. La furia de todas aquellas imágenes revividas al verles le hicieron tomar conciencia de que ya no era una niña, que su hijo estaba allí con ella pegado a su pecho y que aún lloraba. Esos malditos malnacidos no iban a hacerle daño.
Puede que hubieran matado a Kevin, pero ella no iba a doblegarse, iba a luchar justo como aquella noche cuando ambos hermanos perdieron la vida. Viéndoles así, como fantasmas, nuevos espectros que volvían para atormentarla y ella no lo iba a consentir. Extendió una mano invocando un anillo de fuego que los encerró por completo.

—¿Qué queréis de mí? ¿No tuvistéis suficiente? ¿También teníais que arrebatarme esto? - les miró mientras veía sus sonrisas socarronas – no os lo llevaréis. Tenéis lo que siempre habéis merecido, por mí y por todas las que fueron como yo en su día.

—Pequeña Anabel... - la voz de aquel fantasma la heló hasta lo más hondo – qué placer poder atormentarte y saber que somos inmunes a todos tus hechizos.

—Así es – el otro hombre cruzó el fuego ante sus propios ojos – nos mataste una vez, pequeña zorra. Pero los fantasmas siempre vuelven, sobre todo los cabreados y debiste suponer que nosotros no te dejaríamos escapar – sus ojos se fijaron en el pequeño que tenía los ojos llorosos – será un gran manjar comérselo delante de tus propios ojos.

Justo cuando el otro hombre salió del círculo de fuego, Anabel entendió que tenía que correr y se dio la vuelta dispuesta a morir protegiendo a su hijo. Pero no llegó demasiado lejos porque en menos de un pestañeo, ellos estaban ante ella y uno de aquellos fantasmas le había quitado a su hijo con una rapidez pasmosa.
Anabel solo pudo arrodillarse en el suelo ante aquellos malnacidos suplicando por la vida de su hijo, pidiendo que le dejaran libre y que fuera ella quien pagara las consecuencias de sus actos. Pero era como si aquellos seres quisieran castigarla por lo que ella les había hecho y recordó aquella fría noche como si estuviera ocurriendo en aquel preciso momento.

La lluvia caía copiosamente sobre la asquerosa casa de madera donde la tenía encerrada. Sus manos volvían a estar atadas a los extremos de la cama, la venda tapaba sus ojos y la ropa estaba mugrienta sobre su cuerpo. Anabel apretó los puños al escuchar el sonido de pasos acercándose, sabiendo lo que vendría a continuación y deseando estar muerta antes que tener que pasar por lo mismo otra vez. 
La puerta se abrió con un sonido sordo haciendo que su cuerpo se tensara ante la expectación y pidiendo silenciosamente que toda aquella pesadilla terminara. Su respiración era desacompasada, fundiéndose con la de ellos y con el sonido de unos cuchillos siendo desenfundados. También escuchó el sonido de las cremalleras al bajarse y su cuerpo tembló al escuchar aquellas palabras: 

—Quitémosle la venda – sugirió uno de ellos – por una vez quiero ver el miedo en sus ojos ante el corte, quiero ver su cara de repugnancia cuando me la folle y también la desesperación cuando sepa que todo volverá a pasar. 

Las asquerosas manos de aquel hombre le quitaron la venda que había llevado durante todos aquellos fatídicos días. Su mirada se clavó en aquellos dos hombres, sintiendo su olor pestilente y apretó los dientes mientras pedía con todas sus fuerzas que todo aquellos se acabara. Su mirada se clavó en el cuchillo que uno de ellos sujetaba y entonces deseó que infligiera mucho dolor a su compañero. 
Como si sus deseos fueran órdenes aquel hombre apuñaló en el estómago al otro hombre, haciendo que se doblara y gimiera de dolor. Deseó que el otro hombre también apuñalara al primer y eso hizo tras enderezarse. Anabel no entendía nada, pero sabía que aquella sería su última oportunidad y no iba a desaprovecharla. Pidió que la desataran y contempló cómo los dos hombres ensangrentados quitaban las cuerdas que amarraban sus pies y manos. 
Tras levantarse se quedó mirándoles, sintiendo todo el odio de aquellos días y deseo que se rompieran la piertas, que se apuñalaran hasta casi morir y que finalmente se cortaran la garganta el uno al otro. Ni siquiera se quedó a verlo, simplemente salió de aquella habitación dando tumbos hasta el exterior y corrió hasta la carretera más cercana. Justo donde un hombre la encontró, la llevó a la comisaría y le tomaron declaración. El resto era historia. 

Anabel volvió a la realidad mientras veía cómo uno de ellos sostenía su bebé mientras éste se revolvía nervioso. Cerró los ojos deseando que todo aquello fuera un simple sueño, que despertara de nuevo, que su marido volviera estar a su lado y que su hijo se encontrara a salvo. La oscuridad invadió la calle dejándola ciega por completo y con la pena atenazando su interior.

***

El grito de Anabel resonó en las cuatro paredes de su habitación. Su cuerpo se precipitó hacia delante, simplemente dejándose llevar por la inercia y sus labios se abrieron para seguir gritando. Solo dos manos reconfortantes se posaron sobre sus hombros, intentando tranquilizarla y ella se dio la vuelta para contemplar cómo Kevin estaba detrás susurrando que todo era una pesadilla.

—Ha sido tan real – susurró ella dejándose abrazar – he tenido tanto miedo. Pensé que te había perdido... - el llanto de su hijo llamó su atención y se giró hacia él – odio esta fecha, ya lo sabes.

—Lo sé, lo sé muy bien – susurró también su marido – tranquila. Yo iré a calmar al bebé, mi pequeña Anabel.

Aquellas últimas palabras la dejaron helada, sin respiración y odió girar su rostro. Porque lo único que pudo ver fue el rostro de su marido, pero con los ojos de su asesino, aquel que le arrebataría la vida por completo.

2 comentarios :

  1. Tu relato son los q me hacen mirar detras d la espalda, la q me hacen mirar a las sombras y no gustarme la oscuridad....pq sabes como empieza, y te puedes imaginar como termina, pero siempre te quedas con la zozobra de leer ese final,q como es normal te asombras.
    Asombrada, y no se pq sabiendo(leyendo) tus reseñas,reflexiones...pero si, asombrada como llevastes el relato.
    Un beso

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    Respuestas
    1. Hola guapa!!

      Uffffff me alegro que te haya dado esa sensación aunque lo siento mucho porque sé que eres más bien asustadiza y no quiero que después sueñes cosas malas eh...

      Muchísimas gracias por tus bellas palabras porque la de verdad es que animan y me encanta que te haya gustado. Solo por comentarios como el tuyo da ganas de escribir todos los días aquí aunque sea con cualquier noticia, relato o reseña :)

      Besitos preciosa!

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