miércoles, 29 de enero de 2014

¡El adiós de las cartas!





La entrada de hoy va a ser más bien corta. Ya sabéis de esas pequeñas reflexiones que suelo dejar por aquí y que espero que os gusten. Unas basadas en mí, otras que veo con mis propios ojos y que acaban siendo problemas que afectan a todos por igual…

“Correos”. Seguro que todos pensáis en la misma entidad si escucháis esa palabra y pocos podrían confundirse. Esos funcionarios que se encargan de repartir nuestras cartas, paquetes y correspondencia dejándola en nuestros buzones. Muchos os preguntaréis… ¿Qué nos va a contar de “Correos”? 

¡Qué pena no tener palabras amables para dedicarles! Incompetencia, desorden, impuntualidad y poca profesionalidad serían algunos de los calificativos que utilizaría para describirlos. Ufffff, vamos a no ser demasiado mala y simplemente diremos que NO todos son así. ¡Aún quedan personas que hacen bien su trabajo!

¿Y por qué este ataque tan gratuito? ¿Acaso tengo algo contra el envío de cartas? No. Nada más lejos de la verdad. Puestos a ser sinceros, reconozco que la mayoría de las que llegan a mi casa son del banco, propaganda o alguna suscripción que se tiene que renovar. Nada del otro mundo. 

El verdadero problema empieza cuando tienes que mandar un paquete, que puede enviarse tanto fuera de tu Comunidad Autónoma como dentro de la misma, y que esperas que llegue con puntualidad. Sí, sí la de la puntualidad ya es un sueño y más si al final… ¡Ni llega! La primera pregunta del millón que tienes que hacerte es… ¿Certificado o en correo ordinario? 

Y aquí es cuando empiezan los sudores. ¿Pagar más o arriesgarte a que el paquete no llegue a su destino? Muchos podréis pensar… ¡Qué exagerada! Os aseguro que estas cosas ocurren y yo me pregunto… ¿No se supone que todos los paquetes son iguales? ¿No son mis impuestos los que pagan todo el sistema de Correos? ¿Por qué no pueden llegar los dos a su destino? Y tengo dos hechos verídicos para probar que Correos ya no es lo que fue, ni lo que es ahora mismo y ni siquiera llegará a serlo. 

Caso nº1: ¡Has ganado un concurso! ¡Qué momento más glorioso! ¿Qué mejor manera de mandar las entradas que por correo certificado? Lunes por la tarde, sabes que el miércoles a más tardar deberían de estar en tu casa, pero llegas y te encuentras sin ellas. El jueves te llevas las manos a la cabeza, el viernes mandas un mensaje pensando que han escrito mal tu dirección y todo porque el sábado quieres ir a ese evento tan esperado. 

Los días pasas, la desesperación hace mella y al final consigues entrar porque te dan las entradas en el acto. ¿Y qué han sido de las enviadas por Correos? ¡Se habrán perdido por el camino! Sorpresa al llegar el lunes… ¡Sí, una semana! Habéis leído perfectamente. Una semana después, ahí están sobre la mesa del salón y muy tiernas ellas te saludan para decirte “Bienvenida a casa”

Y yo me pregunto… ¿Eso es calidad en el trabajo? Quizá yo las habría entregado mucho antes si hubiera ido en burro. Al menos no hubo que esperar a las uvas de este año aunque peor hubieran sido las del que viene. ¿Seriedad? Creo que Correos lo perdió por el camino, quizá en uno de sus viajes y siento ser tan crítica. 

Caso nº2: ¡Por fin encuentras algo que es irremplazable! Quieres mandárselo a la persona, pero acabas haciéndolo por correo ordinario y no por certificado porque piensas que no pasará nada. Los días pasan de largo, la espera se hace interminable y ambas personas (remitente y receptor) se acaban desesperando. 

Las semanas pasan con rapidez, apenas te puedes creer que ya hayan pasado 15 días y aún sigues mirando el buzón por si el paquete llegó. Con cada día, la ilusión se pierde y acabas pensando que se debió de caer en el camión que lo transportaba. ¿Y no debería haber llegado ya? Sí, seguramente sí. 

¿Y qué ha pasado con él? Correos no se hace responsable, no sabe dónde está y tampoco le hace un seguimiento… Por si acaso. Su respuesta más trillada. ¡Si no llega se lo devuelven al remitente! ¿No os habéis quedado contentos? Pues deberías. Ahí estamos malgastando los impuestos, nuestro dinero y todo para que las cosas lleguen tarde, mal y nos exasperen. 

“Es una lástima que la gente ya no envíe cartas… ¡Era tan romántico!”. En esos momentos, una servidora se da la vuelta con cara de horror y se imagina a la pobre carta cruzando todas las oficinas de Correos. Pobres enamorados, se les pasará el arroz, el tomate e incluso les dará tiempo a comerse las uvas de toda su vida. ¡Viendo la rapidez se enterarán del amor correspondido en la vejez!

¿Alguien se pregunta por qué no se envían cartas? Yo os voy a contestar a eso. ¡PORQUE NOS ETERNIZARÍAMOS ESPERÁNDOLAS! Señores de Correos, no creo que sea muy difícil hacer su trabajo y menos en los tiempos que corren donde solo se recibe porquería por correo postal. Envíen los paquetes a tiempo, no nos hagan esperar eternamente y dejaremos de llamarles vagos.

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